En tiempos donde los jóvenes exploran identidades alternativas —algunos sintiéndose lobos, gatos o dragones místicos— hay un grupo que llegó primero a esa metamorfosis, pero sin necesidad de TikTok ni orejas de felpa, ciertos políticos que, sin proclamarse therian, llevan años perfeccionando el arte de arrastrarse como auténticos reptiles de pantano institucional.
POR: ANDRÉS RODRÍGUEZ.
Mientras los therian al menos tienen la honestidad de decir “me identifico como animal”, estos personajes públicos ni siquiera necesitan confesarlo; su comportamiento zoológico habla por sí solo. Cambian de piel en cada campaña, mudan de discurso según la encuesta y sacan la lengua —metafóricamente, claro— cada vez que huelen presupuesto fresco.
Lo fascinante es su capacidad camaleónica, hoy son fervientes defensores del pueblo, mañana íntimos aliados del poder, y pasado mañana… bueno, pasado mañana dependerá de quién vaya ganando. Darwin estaría orgulloso, pocas especies han perfeccionado tan rápido la adaptación al ecosistema del oportunismo.
Y es que el problema no es que existan políticos reptiles; la naturaleza siempre ha sido diversa. El problema es que muchos ciudadanos aún creen que están viendo águilas cuando en realidad observan lagartos tomando el sol sobre una roca presupuestal.
Quizás la solución no sea criticarlos, sino aceptarlos como lo que son, fauna política nativa. Después de todo, en la selva del poder sobreviven los más rastreros… y, por lo visto, también los más resbalosos.
Pero el espectáculo no termina ahí. Como buena fauna territorial, estos ejemplares no solo se arrastran: también se pelean entre ellos. Se gruñen en público, se señalan con el dedo, se acusan de traición, corrupción y herejía ideológica… todo frente a las cámaras, como si la democracia fuera un reality show y el premio mayor fuera un contrato estatal con cláusulas invisibles.
Lo verdaderamente enternecedor es la velocidad con la que pasan del rugido al balido. Basta que alguien los critique, los cuestione o les roce la escama para que, en cuestión de minutos, se transformen en pastorcitos ofendidos. Llaman, escriben, envían emisarios, audios, capturas y hasta bendiciones, no para aclarar, sino para seguir mintiendo con mayor producción escénica. Porque si algo domina esta especie es el arte dramático, lloran persecución mientras afilan las uñas.
Y así los ve uno, reptiles en campaña, gallos en debate y corderitos cuando se sienten descubiertos. Una zoología política completa en un solo organismo mutante. La biología aún no explica cómo logran tantas transformaciones sin romper la coherencia… aunque, siendo justos, la coherencia nunca ha sido un órgano vital en su anatomía.
Tal vez por eso, cuando dos de estos especímenes se enfrentan, el público se ilusiona creyendo que presencia una batalla épica entre el bien y el mal. Pero no: suele ser simplemente una disputa entre colas que compiten por ver cuál se arrastra más cerca del presupuesto. Y cuando termina el show, curiosamente, los enemigos irreconciliables aparecen sonriendo en la misma foto, compartiendo mesa, micrófono y, quién sabe, tal vez hasta el mismo guion.
En la política no hay metamorfosis espontánea; hay hábitos bien entrenados. Y si alguna vez escucha balidos de inocencia saliendo de una garganta que ayer siseaba, no se alarme. No es un milagro. Es solo otro acto del circo reptiliano nacional, donde los disfraces sobran… porque la piel verdadera nunca se la quitan.
Moraleja: los therian usan disfraces para parecer animales; algunos políticos no los usan porque ya hicieron la transformación completa.

