viernes, enero 23, 2026
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PLAZAS DE MERCADO Y CANDIDATOS POLÍTICOS DEL HUILA: ¿CONVICCIÓN O CONVENIENCIA?

Los fines de semana en las plazas de mercado de los municipios del Huila ya no huelen únicamente a cilantro fresco, café recién molido y sudor campesino. No. Ahora también huelen a promesa barata, a discurso reciclado y a candidato en campaña que llega no precisamente a comprar alimentos, sino conciencias… y, si están en oferta, mejor.

POR: ANDRÉS RODRÍGUEZ.

Las plazas de mercado, esos espacios donde el pueblo madruga a rebuscar el diario, han sido tomadas —invadidas sería el término correcto— por aspirantes al Congreso que aparecen como viejos conocidos, aunque nadie los haya visto jamás por el municipio. Llegan con sonrisas ensayadas, abrazos por encargo y una memoria selectiva que solo funciona en temporada electoral.

Con voz de charlatán de feria y entusiasmo de animador de circo, recorren los puestos prometiendo lo incumplible a los incautos. Prometen carreteras, hospitales, universidades, empleo y desarrollo infinito, todo mientras estrechan manos que olvidarán antes de salir de la plaza. El libreto es el mismo: solo cambia la gorra, el color de la camiseta y el logotipo del partido político.

Y, como si el verbo no fuera suficiente, dejan su rastro: volantes, tarjetas, pasacalles y balances que nadie solicitó y que nadie leerá. Más que mensajes políticos, son residuos sólidos que convierten al municipio en una exposición permanente de contaminación visual. El programa de gobierno puede no existir, pero la foto gigante con sonrisa impostada sí está asegurada.

Sus famosos call center merecen capítulo aparte. Se transforman en hostigadores profesionales: mensajes diarios, llamadas insistentes y cadenas interminables que jamás obtienen respuesta cuando el ciudadano pregunta algo concreto. Eso sí, cuando se trata de pedir apoyo, favores o trabajo gratis, la línea nunca falla. Todo se pide, nada se explica.

Abrazos, besos, invitaciones, llamadas y selfies por montones. Todo el afecto concentrado en campaña, porque después el cariño entra en receso legislativo indefinido.

Muchos politiqueros están desesperados por llegar al Congreso y no lo disimulan. Se valen de cualquier artimaña para confundir al ciudadano, prometiendo obras y más obras, aun sabiendo —porque lo saben perfectamente— que su función es legislar y no ejecutar. Pero el engaño vende más que la pedagogía.

A lo sumo, pueden hacer acompañamiento a alcaldes o gobernadores, que es otra cosa muy distinta. Sin embargo, esa explicación no cabe en un discurso de cinco minutos ni suma votos rápidos.

Hay un detalle que jamás mencionan entre puesto y puesto, entre abrazo y abrazo: muchos de estos candidatos arrastran procesos judiciales sin resolver. Expedientes que no aparecen en los volantes ni en los discursos, porque decirle la verdad al elector sería, muy seguramente, una sentencia anticipada de derrota en las urnas. Mejor hablar de honestidad abstracta que de procesos concretos. El silencio, en este caso, no es prudencia: es cálculo electoral.

En redes sociales, la campaña adquiere tintes de farsa institucional. Los vemos comer empanada, cantar música popular, bailar torpemente, trotar distancias simbólicas, posar con tenderos, cargar costales y “coger café” por primera vez en su vida. En cuestión de horas se transforman en campesinos, obreros o líderes comunitarios, según lo exija el algoritmo. Todo queda registrado, nada resulta creíble: un reality político donde lo único auténtico es la ambición.

Los discursos se repiten como disco rayado. Se autoelogian, recitan sus hojas de vida como si fueran epopeyas y llevan barras de aplausos que celebran cada frase vacía. Mucho ruido, poca sustancia y cero autocrítica.

Ante este panorama, queda una verdad incómoda pero necesaria: al electorado no solo le asiste el derecho al voto; le recae la responsabilidad del discernimiento. Elegir representantes con solvencia ética, transparencia jurídica y comprensión real de la función legislativa no es una opción moral, es una obligación democrática.

Las plazas de mercado no son juzgados de absolución popular ni escenarios de amnesia colectiva.

La democracia no debería convertirse en un circo donde se ocultan expedientes bajo la mesa y se venden promesas al peso.

Porque el mercado es del pueblo, no del politiquero.

Y la dignidad no debería estar nunca en campaña.

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